El placer de lo inanimado

Por Víctor Uribe

 

No hay modo elegante de decirlo: a los jóvenes japoneses les gusta el sexo, pero sin la otra persona. Adoran el placer de la sexualidad, pero incluirlo en una relación íntima les parece muy complicado. Lo llamativo es que no se trata de otra excentricidad de la gente de ese país, sino de un fenómeno en el que se anudan las contradicciones de la cultura contemporánea con una de las necesidades más elementales del ser humano: la búsqueda del gozo. El recorrido para entender esta tendencia en la que cada vez más jóvenes optan por la soltería y renuncian al sexo cuerpo a cuerpo pasa por varias escalas, incluidas muñecas y juguetes, videojuegos, bares de carnívoras y grupos de herbívoros, costumbres del pasado y visiones del futuro. El camino es escabroso, así que vayamos por partes.

 

Placer a la carta

Sin preverlo, las exigencias del mundo laboral en Japón crearon un paraíso para los solteros, en especial en Tokio: hoteles de paso, restaurantes, máquinas despachadoras con ropa interior desechable y miles de lugares para salir hasta que llegue la hora de regresar a la oficina; sin olvidar distritos como Kabukicho, la zona roja de la ciudad, con un menú de opciones para adultos que incluye prostíbulos encubiertos, alrededor de 2,000 tiendas de productos sexuales, clubes de striptease, salas de video, casetas telefónicas y otros servicios relacionados. En realidad, sólo hasta fechas recientes las atracciones comenzaron a incluir a la mujer. Los espacios estaban pensados para la generación anterior de empleados que pasaban cinco días en la ciudad y regresaban los fines de semana a su casa de los suburbios para estar con la familia.

Y si alguien aún duda de la afición de los nipones por el consumo sexual, basta con saber que el valor de esta industria se estima en 15 mil millones de dólares al año y que el país produce cerca de 14,000 videos para adultos anuales, comparados con los 2,500 de Estados Unidos. Y a diferencia de lo que ocurre en la nación norteamericana, la pornografía sí es rentable en Japón. Lo curioso es que este panorama nos haría pensar que el país asiático es uno de los más activos y con mayor satisfacción sexual en el mundo, pero la realidad nos refutaría. La apatía y la frustración son la regla.

En cierto modo, el término mendokusai, “demasiado complicado”, resume la disposición de los jóvenes que rechazan la intimidad. Aunque sería más exacto añadir: la intimidad con otra persona. La necesidad de tener contacto físico y emocional con alguien no desaparece, lo que cambia es la forma de satisfacerla. Tomemos el ejemplo de las muñecas sexuales fabricadas por la empresa Orient Industry, que dice producir los modelos más reales creados a la fecha. Provistas de piel y cabello sintéticos que imitan la sensación del tacto humano, también incluyen ojos que parecen mirar y una estructura interna que les permite adoptar distintas posiciones. Si el cliente lo desea, puede mandarla hacer a la medida de sus fantasías, pues hay diferentes tamaños de senos, tonos de cabello, rostros y tallas. La empresa afirma que la experiencia de estar con estas muñecas es tan verosímil, que el cliente no deseará tener novia de nuevo. Para las mujeres el mercado es menor, pero no por ello menos selecto. En una sexshop enfocada en el sector femenino los productos incluyen desde películas, lociones y cremas, hasta vibradores semejantes al mouse de la computadora, porque según la diseñadora del producto la forma tradicional del pene es “grotesco”.

Si la necesidad de cercanía es más emocional que física, Nintendo ofrece el videojuego de citas Love Plus. Según testimonios de los medios, el simulador ha provocado divorcios, separaciones e incluso la unión legal entre un jugador y su enamorada virtual.

La habilidad con que la industria ha logrado tomar los distintos aspectos de una relación para comercializarlos como productos y servicios es sobrecogedora. El mercado ha sabido aprovechar el repudio de la generación actual al compromiso, y quizá de algún modo ha contribuido a fortalecerlo. Si observamos de cerca esta dinámica de comprar satisfacción a la medida, encontraremos la lógica del máximo beneficio con el mínimo esfuerzo que está detrás de los productos milagrosos para perder peso y curar enfermedades crónicas, así como de los recetarios infalibles para el éxito.

 

Solteros al borde de un ataque de nervios

A partir de un estudio publicado en 2011 por el Instituto Nacional de Población de Japón, los medios nipones acuñaron la expresión sekkusu shinai shokogun, o “síndrome del celibato”, para señalar el creciente desinterés de los jóvenes entre 18 y 34 años por formar una pareja o incluso por tener contacto sexual con otros. La economía, la brecha generacional e incluso la obsesión de los hombres adultos que prefieren las historietas, los videojuegos y la animación al trato con mujeres reales, han desfilado por las teorías que buscan explicar el fenómeno. Lo curioso es que esta situación también puso en evidencia el abismo de expectativas, conductas y temperamentos que separan a los sexos en el país.

El hombre “herbívoro” y la mujer “carnívora”; el primero, en una rebelión pasiva contra el modelo tradicional masculino que dominó después de la Segunda Guerra Mundial; la segunda, abriéndose paso en la economía, celosa de una independencia que sus madres y abuelas apenas soñaron. Los herbívoros promedio son heterosexuales, suelen tener menos de 40 años, son grandes consumidores de manga (historietas) y anime, y rehúsan asumir el papel de proveedor que implica el matrimonio y la paternidad. Ante una economía con dos décadas de estancamiento, con un panorama laboral incierto y un escenario en el que el costo de la vida es abrumador, la soltería resulta muy atractiva. En pocas palabras, las batallas de los viejos samuráis corporativos no son las suyas.

En la otra esquina están las “carnívoras”: autosuficientes, enfocadas en su crecimiento profesional y con un horizonte más claro y mejor definido del rumbo de su vida. Si bien la idea de encontrar una pareja no carece de atractivo, el matrimonio resulta tan seductor como caminar a ciegas en un campo minado. “El matrimonio es la tumba de la mujer”, reza un antiguo dicho japonés. Y no hay que ir muy lejos para entender esta postura, pues el mundo laboral del país no está pensado para las mujeres, sin dejar de lado que los prejuicios y costumbres de la sociedad siguen enraizados en los modelos masculinos. Tener un hijo y perseguir una carrera es imposible: son más las exigencias que los servicios de apoyo a la maternidad. A esto hay que sumar que la imagen de una mujer independiente carece de atractivo para el hombre nipón. Por eso no sorprende la proliferación de los host clubs, que son bares donde las clientas pagan por la compañía de hombres jóvenes para platicar, coquetear y beber, sin que ello implique un desenlace sexual.

 

Llegar a la otra orilla

Ellas en ascenso y ellos recluidos en sus mundos virtuales. Las distancias entre los sexos se alargan a medida que los puentes para unirlos se vuelven más frágiles. Uno de los principales problemas de las relaciones de pareja en Japón es la escasez de matices. Lo tajante de su cultura se refleja en los vínculos entre la mujer y el hombre, en lo blanco y lo negro entre la soltería y el matrimonio. La alternativa de hacer vida en común sencillamente no es una figura aceptada por la sociedad. Y ni siquiera mencionar otras prácticas como el poliamor.

Otra realidad es que hay pocas metas en común y una gran apatía por perseguir la intimidad que en el fondo se desea. En su lugar, esta generación de japoneses optó por la gratificación inmediata que ofrece el mercado, en un hedonismo fácil de consumir y que descarta cualquier esfuerzo. Se ha preferido la docilidad de lo inanimado al desafío que representa involucrarse con alguien más. Hay quien afirma que Japón está dando el primer paso hacia el tipo de relaciones en el futuro, dominadas por la tecnología y los mundos virtuales. Y de cierto modo quizá este caso no sea sino un lente de aumento que magnifica las manías y contradicciones de la cultura contemporánea. Pero a final de cuentas, la pregunta queda en nosotros: ¿estamos dispuestos a sacrificar la comunión entre los cuerpos por un hedonismo sin límites?

Ilustración de Matt Ferguson.

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*Texto publicado originalmente en revista S1ngular 41.
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