Habitar el silencio

Por Víctor Uribe

 

Hay libros que van a la imprenta hasta que la suma de forma y contenido hallan su afortunada coincidencia. En el caso de Refractario, de Eduardo Parra Ramírez, tuvieron que pasar cerca de nueve años. Merecedor del Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2007, el poemario debió aguardar en el cajón de su autor, entre promesas de edición fallidas y ocasionales relecturas que ayudaron a afianzar los versos. Como en tantas ocasiones, no fue la perseverancia, sino la feliz conjunción de casualidades, lo que permitió que la obra hallara su estructura y rostro definitivos. Como señala un poema del Zenrin Kushu, a veces, simplemente, hay que dejar que las cosas tomen su cauce:

 

Quietamente sentado, sin hacer nada,

llega la primavera y crece sola la hierba.

 

Contraria a la sensibilidad contemporánea, la quietud adquiere rasgos creativos cuando se la deja actuar. Al suspender la acción, atestiguamos cómo los hilos del azar tejen sus secretas correspondencias, de las que apenas somos una hebra. Para nosotros, hijos de la posmodernidad, el azar y la incertidumbre son términos conocidos que oponemos a la idea de progreso y a la razón ingenua que se empeña en justificarlo; son puertas que rondan nuestro imaginario pero que rara vez abrimos y, menos aún, cruzamos. La otra orilla, esa que Octavio Paz señalaba para hablar del acto poético que acerca la experiencia indecible por medio del lenguaje, asoma en la quietud silenciosa. “Silencio es agua oscura / de hondura incierta”, apunta Parra Ramírez. Qué es la poesía sino ahondar en los territorios desconocidos de la vida sin más luz que la tenue palabra.

Aunque breve, la obra poética de Parra Ramírez se caracteriza por excavar el lenguaje en busca de imágenes reveladoras que desnuden el instante. En una época que se contenta con los malabares verbales y que confunde los escombros de las vanguardias del siglo pasado con una auténtica exploración de los límites de la palabra, el poeta apuesta por la escritura exigente, ardua. Lejos de los chispazos de todos esos simulacros líricos que desbordan las redes sociales y que abultan las publicaciones de los vividores de la cultura, el autor opta por la mesura elocuente y rigurosa de sus versos.

Desde el primer poema, “El silencio”, el poeta traza la ruta que guiará sus pesquisas:

 

El silencio es perfecto

no por sí

más bien por sus fronteras

Lo que dijimos antes

lo que será imposible contener

no es mejor que este sordo ir a pie

sin sol ni sombra

 

Se trata de llevar el idioma a los confines de la experiencia, aunque eso suponga rondar territorios dominados por el silencio o que el lenguaje cotidiano difícilmente puede expresar. La búsqueda auténtica implica salir del bullicio de las convenciones, evitar las frases hechas, sortear el término gastado que se desgarrará ante la menor tormenta. La poesía no es un acto de purificación ni un mero refinamiento del habla o de la escritura. Cuando es honesta, la voz poética alumbra estados remotos de la existencia y convida al lector de sus estragos, de sus afanes. No es gratuito que las ambiciones del poeta lo hermanen con los esfuerzos del músico, que revive con sonidos ese mar de sensaciones que oscuramente rompen en los acantilados del cuerpo y se revuelven en las grutas de la consciencia.

En un periodo de ruido y ensimismamiento como el actual, el poeta reencuentra en el silencio la semilla de la palabra. Calla para revelar. Los juicios y opiniones que se sirven del lenguaje para levantar sus muros de pronto se derrumban y un campo extenso y luminoso se abre a la consciencia. No es la definición ni el concepto lo que alumbran su experiencia, sino la intuición, la imagen. Llevadas por el camino del asombro, las palabras luchan por retener la llama que por un segundo las alumbró. La labor del poeta es impedir que esa incandescencia sucumba:

 

Es insomnio y veneno

el crisol interior

donde se fragua el verso

lo demás

es luz

 

Pero el silencio es apenas el umbral por donde asoma la verdadera raíz del lenguaje: el tiempo. Como un dique de sílabas, la palabra aspira a contener el momento. Con su encadenamiento de sonidos y signos tratamos de retener el instante que se fuga y de evocar vivencias que aún no se concretan. Al pronunciarla, la memoria despierta al pasado y el futuro hila sus sueños venideros. Vocablo a vocablo tendemos un andamio al pensamiento para que construya la realidad. Creamos y somos creados por el lenguaje. Inmersos en él, caemos en la trampa de la duración. Nos valemos del idioma para negar nuestra estancia breve e irreversible en este mundo, pues podemos jugar a extender los segundos con palabras; fingimos que el tiempo puede desdoblarse en reversa, como en el cuento del “Viaje a la semilla”, de Carpentier, o conseguimos resumir o extender el recuerdo de varios años en una página o en una serie de tomos. La palabra vuelve al tiempo maleable pero, sobre todo, dúctil a la influencia de nuestro pensamiento. Con ayuda del lenguaje, las ideas adquieren cuerpo en la acción. En la palabra brilla el tiempo, como la luna en el espejo del agua. Como sociedad hemos aprendido a guiar nuestros pasos con ese reflejo. Planeamos, imaginamos, competimos y colaboramos a partir del vínculo indisociable que tenemos con el lenguaje. Pero el reflejo no es el objeto que se retrata en la superficie, y por más que pretendamos apresar la naturaleza transitoria del tiempo, éste termina revelando su verdad: la impermanencia.

 

Levanto la cara

miro este vuelo que me sobrevuela

La parvada

es la sombra imperfecta

es la blanca fronda de un árbol

llevado por el aire

es el reflejo del tiempo que me habita

 

La tarea que se ha impuesto el poeta es plantarse en el presente para dar cuenta de su fugacidad. No se lamenta por el paso del tiempo, aunque su marcha duela; en su voz “arde la paz del duro conocerse”. Su misión es contraria a la vivencia actual del presente, que no se sostiene en el momento, sino en lo que está por venir: nuevos placeres y experiencias que serán remplazadas rápidamente por otras más novedosas, en una sucesión de promesas que ayuden a disimular los cambios de fortuna y el tránsito implacable de la vida. Estamos acostumbrados a perseguir la sombra de un tiempo que se nos adelanta. En cambio, las revelaciones que se van decantando entre verso y verso delatan las marcas del presente. El instante se muestra desnudo y efímero. Si el poeta lo nombra es porque ha reconocido su propia fugacidad y esa confesión de finitud es lo que le permite volverse íntimo con el mundo. El poema es un testimonio de comunión y, como todo testimonio, la palabra es apenas una huella.

 

[…] el silencio es la página donde el sonido escribe

Pero el texto no dura

Las verdades se escapan

                            como peces de sombra inatrapables

con el sol y el olvido

 

Reconocer la finitud no es un acto de pesimismo, sino de franqueza. Cada fenómeno que surge termina por cesar, sea una estrella, un imperio o una simple ola que se inmola en la arena. Aunque esta verdad sea inseparable de la existencia, como civilización preferimos negarla. Nos sumergimos en un balbuceo incesante de deseos, antipatías y opiniones. La voz poética opta por un camino distinto: calla para escuchar al mundo y, sólo entonces, retoma la palabra. El verso germina en el silencio, aflora en el presente. Más que discurrir sobre algún tema, el poema aspira a revivir el momento, a reproducir el relámpago que traza su claridad en la mirada, a transparentar el reflejo que navega en el agua, a exhibir a la flor y su oculta bestialidad. Letra, sonido e imagen se trenzan en la página para compartir una vivencia, una visión. El verso propone un doble juego de espejos en el que la palabra contiene al mundo –como el árbol agazapado en la semilla–, a la vez que es un mapa aproximado de la geografía interior del poeta. Las palabras se vuelven cajas de resonancia íntimas; son pasajes en los que el espíritu gravita hacia la realidad.

 

El sonido de afuera

llama a su gemelo

que vive adentro de uno

[…]

No son signos las formas de esta luz

pero su trazo dice los infiernos

que desde dentro rompen sus encierros

 

Quietud, silencio y revelación son las habitaciones donde Parra Rámirez invita al lector a que hospede su inteligencia y sensibilidad. La invitación no es para una visita rápida y apacible. Más bien, hay que pensar en una estadía que alterna la lucidez con la angustia, en la que el silencio y la soledad se turnan para aclarar y aturdir el espíritu. El poemario es un hogar abierto para que sea recorrido. La estructura que propone el poeta se asemeja a la casa onírica de la que hablaba Gaston Bachelard, con sus dos elementos mínimos: el ático y el sótano. El primero acoge los espejos de la memoria y enmarca los tragaluces de la consciencia; el segundo resguarda los recuerdos inconfesables, los impulsos opresivos. En la concepción de este edificio, cada poema se vuelve un lugar de recogimiento, un rincón cuyas ventanas apuntan al mundo y las puertas conducen a los sitios más íntimos de nuestra psique. Esta casa onírica apuesta por la amplitud mental, a diferencia de las construcciones estrechas e impersonales que saturan el lenguaje utilitario.

Habitar un lugar o un idioma supone apropiarse de una porción del espacio o de la capacidad expresiva del habla. Más que pertenencia física, se personaliza un modo de vivir. Si el hogar es el sitio que permite abrazar la rutina, de dar techo al pasado, a los temores y deseos, la escritura es la forma en que el individuo levanta las paredes de la lengua para morar en ella. Habitar no es adueñarse, sino dotar de presencia.

La voz que acompaña al lector por las distintas estancias de Refractario no es la del anfitrión ocupado en presumir las bondades de su casa. Su vocación es la de acompañar, prestando la mirada y facilitando las palabras para que el lector comparta sus intuiciones poéticas. En ese plano de cercanía, la confesión ocupa el lugar de la prédica. Esta última supondría verdades absolutas que los versos, en cambio, acometen con dudas: “De qué sirve explicar / hacer proselitismo / Cuánto dura erguida la verdad”. La confesión, por otro lado, declara a partir de lo vivido. En la obra poética de Parra Ramírez, esta revelación personal es lo que permanece en pie tras la devastación. No hay cataclismos, sólo brevedad y silencio. Cuando el instante calla para alumbrar su plenitud, el tiempo mismo descubre su naturaleza corrosiva y transitoria. La escritura permite al poeta que algunas palabras sobrevivan y que la consciencia del momento arraigue en la memoria de quien lo lee y lo escucha.

 

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