Juventud: felicidad escurridiza

por Víctor Uribe

 

Han sido muchas las culturas en la historia de la humanidad que, de alguna manera, han buscado la forma infalible o algún método secreto para conservar la juventud. Siendo honestos, ¿quién no quisiera conservar la fuerza, el atractivo, el vigor y los ideales de esta etapa?

De los ritos de las tribus ancestrales, a las pócimas mágicas y las leyendas religiosas, la gente de todas las épocas ha buscado la manera de conservar intacta la juventud. Seamos sinceros, es difícil renunciar a ella. Diría Rubén Darío, “Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!”. Pero más que subirnos al tren de las lamentaciones por los años que no se detienen, nos detendremos a pensar si esta condición es un ingrediente indispensable para ser felices, pues no son pocos los sacrificios y excesos que se llegan a cometer con tal de conservarnos jóvenes.

Si somos objetivos, tendremos que reconocer que el apogeo y el declive del cuerpo forman parte de la vida. A donde vaya la mirada, esta realidad es innegable: lo vemos en la semilla que florece y se marchita, en la modelo que con los años ve menos expuesta su imagen en las revistas, o en el atleta que tras su época de gloria debe retirarse por lesiones o porque su rendimiento sencillamente “ya no es el de antes”. Sin embargo, una de las mayores fantasías de la humanidad es poder negar o, de plano, revertir el proceso natural de envejecimiento. En la actualidad nuestra sociedad no sólo parece aferrarse a esa ilusión, sino que ha cultivado una obsesión por ser joven, de la cual se alimentan varias industrias millonarias, como la publicidad, los cosméticos, la moda, entre otras tantas.

 

Como los chavos

Si ponemos atención a la publicidad en distintos medios, veremos que buena parte de las imágenes incluye a jóvenes de entre 18 y 25 años, en una actitud generalmente despreocupada, seductora o en pleno festejo. Lo mismo da si se anuncian teléfonos celulares, frituras o alguna bebida, los jóvenes son los portavoces de la satisfacción y la plenitud que prometen estos productos. Hacia donde uno mire o escuche hay una fiesta en marcha, incluso en la música de fondo del supermercado. A final de cuentas, la vida se trata de diversión, emociones y placeres, ¿no es así? Y sí, quizá una parte lo sea; pero hay algo en esa imagen estática de ser o parecer “chavo” que más bien luce sospechosa y hace pensar en estereotipos que rara vez ponemos en duda.

 

Todos somos jóvenes

Según el imaginario imperante, la juventud no forma parte de un proceso que tarde o temprano pasará, sino que es una etapa a la que hay que aferrarse. No se trata sólo del aspecto físico, también es una forma de pensar, actuar e interpretar la realidad. La pujanza y madurez del adulto han cedido el trono a la espontaneidad e idealismo del joven. Cierto o no, la cultura actual parece hambrienta de personajes y modelos juveniles que reflejen sus aspiraciones colectivas. Basta con darse cuenta del auge de las novelas adolescentes entre el público infantil y adulto, o de la prosperidad que gozan las películas de superhéroes o de los ideales del romance adolescente que se han colado en la formación sentimental de tantos solteros (en los que sólo se enfatiza la conquista y el enamoramiento) para notar el gran recibimiento que tienen estos modelos culturales en la actualidad.

Hay otros detalles sociales más sutiles, pero igual de reveladores, como la ropa para niños de ciertas marcas, que más bien parecen versiones a escala de la moda actual; o los anuncios en los que aparecen ancianos imitando de forma bufonesca el modo de vestir, hablar y comportarse de los adolescentes. La consigna implícita de “todos somos jóvenes”, o deberíamos serlo, poco a poco ha moldeado la mentalidad social, aunque de igual manera la relación con nuestro cuerpo.

 

Vivir por siempre

Se calcula que la industria antienvejecimiento tiene un valor aproximado de 250 mil millones de dólares. Esto incluye productos como el botox, las cremas de belleza, los suplementos dietéticos y los medicamentos. A estas cantidades habría que agregar el valor del mercado de la cirugía cosmética, los productos deportivos y otras ramas afines. Las cifras dejan en claro que hay una preocupación real de las personas por atajar cualquier señal de envejecimiento. El medio del espectáculo es donde esta inquietud es más que elocuente y suele ventilarse con frecuencia. Cualquier cirugía desafortunada de una celebridad, de inmediato se difunde en los medios de comunicación y en las pláticas de pasillo, con comentarios como “Tan guapo que era de joven” o “Mira cómo se dejó, tan bonita que era”. En general, se suele atribuir a la vanidad de un actor o de una actriz su decisión de querer ocultar las huellas de la edad con el bisturí, y por lo general se deja de lado el contexto de sus motivos. Si tomamos a la farándula como un botón de muestra de las idiosincrasias sociales, notaremos que el mensaje de fondo sugiere que está prohibido crecer.

Pero conviene que no nos detengamos a contemplar este árbol solitario del espectáculo, cuando tenemos el bosque completo de la sociedad frente a nuestros ojos. Un estudio reciente de las Naciones Unidas (2013) señala que la población mundial está envejeciendo y que su base cada vez está menos conformada por niños y jóvenes, en especial en los países desarrollados. Según las estimaciones, para el año 2050 las personas mayores formarán el grueso de los habitantes del planeta. Parece un contrasentido que si el promedio de edad va en aumento, la mentalidad siga aferrada a la imagen de una etapa anterior. Suena ilógico, es cierto, pero en el fondo no lo es si consideramos la resistencia al cambio que domina a las sociedades y a los individuos. A final de cuentas, ha resultado más sencillo construir una industria multimillonaria que conseguir que la gente acepte un proceso natural del cual nada en el universo se escapa. Como humanidad, la negación de nuestras circunstancias y de aquello que rechazamos o tememos no nos es ajena, y la podemos llevar a límites impensables. Consideremos que para ciertos grupos la vejez y la muerte son enfermedades que se pueden remediar, si se invierte suficiente dinero en curarlas. Tomemos a personajes como Larry Ellison, CEO de Oracle y una de las personas más ricas del mundo, o Paul Glenn, CEO de Cycad Group, quienes en conjunto han donado millones de dólares para financiar investigaciones y proyectos para revertir el envejecimiento biológico.

 

La morada de la edad

Pero regresemos a la pregunta inicial: ¿ser joven implica ser feliz? Las imágenes publicitarias y el imaginario colectivo que identifican esta edad con la salud, el vigor, la diversión y la espontaneidad parecen decir que sí. Por otro lado, los recursos invertidos para que la juventud no abandone nuestros cuerpos y la frustración que en secreto nos abruma cuando ella se va, no harían sino confirmarlo. Pero, ¿acaso esta actitud no es como querer desviar la corriente de un río con un vaso de cristal? Podemos poner todo nuestro empeño en tratar de cambiar el curso del agua, pero sin importar nuestros esfuerzos, el torrente terminará por retomar su rumbo. En el fondo, nuestra lucha con la edad quizá no sea contra los estragos del tiempo, sino más bien contra nuestra incapacidad para aceptar la marcha de los años. Es posible que la arena de esa contienda no esté en el calendario, sino en nuestra mente y sus ideas. John Milton, el poeta y ensayista inglés, escribió “La mente es su propia morada y por sí sola puede hacer del cielo un infierno y del infierno un cielo”.

Pareciera que las expectativas desmesuradas por mantenernos jóvenes y encontrar la felicidad han creado un círculo vicioso de frustración y desdicha, el cual originalmente queríamos evitar. Es paradójico que creyendo perseguir la felicidad, terminemos enfrentados a su opuesto. ¿Qué hacer para romper esta cadena negativa? La aceptación de cada etapa de la vida suena como una buena idea, aunque, de inicio, no resulte muy atractiva. Suspendamos, por un momento, las nociones preconcebidas que identifican aceptación con resignación pasiva. Imaginemos que nuestros prejuicios sobre la edad terminan pareciéndose a una autopista saturada y monótona que nos lleva de ida y vuelta por un mismo lugar. Sin importar qué tan rápido o lento la recorramos, el destino será el mismo. La aceptación, por el contrario, es esa pequeña desviación que asoma por la ventana y que promete llevarnos a un territorio sin caminos trazados. ¿Adónde conduce? No lo sabemos. Pero, ¿acaso la vida y la felicidad no se tratan también de esto, de averiguarlo por nosotros mismos?

Ilustración de Vincent Bakkum.

parrot

*Texto publicado originalmente en revista S1ngular 40.
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