La materia del recuerdo

Por Víctor Uribe

Aliento (2019)

Vivimos en una época de imágenes utilitarias. Su condición de herramientas las obliga a cumplir una finalidad, a perseguir un provecho. En el mejor de los casos conmueven; en el peor, manipulan. La inmediatez en la que surgen y se distribuyen termina por trivializarlas. Son parte del espectáculo cotidiano que nos brinda simulaciones reconfortantes y placenteras a cambio de resguardarnos de los vértigos de la existencia; de sus “heraldos negros”, como diría Vallejo. En este panorama, la pintura de Paulina Jaimes evita la imagen como instrumento y más bien la transforma en una invitación al abismo. Cada tela, cada acuarela y obra gráfica es un descenso a las profundidades de la mirada.

Hay que decirlo, el trabajo de la artista inevitablemente desconcierta. Lo que desequilibra al espectador no sólo es la fuerza de las imágenes, sino los pozos de misterio a los que nos arroja. En sus retratos abunda el duelo de colores, la disputa de sombras y luces que de pronto se anudan en una transparencia, en los detalles de una textura. Su destreza técnica le permite plantear incógnitas que a la vez aturden y seducen por medio de objetos comunes que invocan viejos símbolos para renovarlos. Así, en la simpleza de un impermeable resuena la mística de una túnica, o una máscara felina abandona su fervor ritual para sugerir las secretas liturgias de lo cotidiano. Algo similar ocurre con los personajes, que tejen una red sutil de correspondencias entre lo mítico y lo mundano, empezando por la pintora misma: alquimista que transfigura las imágenes en realidades que dislocan el tiempo.

IX (2020)

Otro rasgo que recorre el trabajo de Paulina Jaimes es su búsqueda constante por develar la música que oculta la materia. La vista persigue el canto en la quietud de una escena, en la disposición de los gestos, los detalles, los contrastes que descubren el vínculo entre sonido e imagen. Oírla es cuestión de abrirse a las notas que nacen de los rojos y azules que mezclan sus alientos, del contrapunto de los verdes y magentas a la luz de una vela. Estamos tan sobrados de ruido y faltos de silencio, que al inicio quizá enmudezca la musicalidad de las obras, que calle el rumor de la sangre en las acuarelas de la serie De profundis, que los corazones no rebelen su ritmo en piezas como Bienaventuranza, que Los vigilantes se guarden la polifonía de los planos que observan. Es cuestión de arriesgarse a que el ojo y el resto de los sentidos encuentren las sonoridades que propone la vista.

La trayectoria de la artista, que en otros momentos ha tocado la vulnerabilidad del cuerpo y la fuerza envolvente de la tierra, ahora se nutre de la sustancia de los mitos, la magia y los sueños. Una obra que explora la resonancia de los signos exteriores con el mundo interno del espectador. En cada elemento hay ecos arquetípicos que nos sacuden y fascinan, con equivalencias entre lo alto y lo bajo, entre la estrella celeste y la marina, entre la raíz que se hunde y el tallo que asciende, porque en el fondo uno sospecha que esta existencia no es más que un juego de espejos. Entre más alto se apunta, más hondo se llega. Y en el centro, como un puente que une los extremos, está el corazón palpitando, como la médula de nuestras intuiciones y experiencias. Ese corazón al que Paulina Jaimes nos invita a regresar para iluminar nuestra vida.

Como es arriba, es abajo. Como es adentro, es afuera (2020)

Texto para la exposición Re cordis, de Paulina Jaimes, en la galería Mario Llaca. mariollaca.mx

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