Ella

Por Víctor Uribe

A Eduardo Parra Ramírez

Quisiera evocar esta memoria:

mas he aquí que se borra…

Constantino Cavafis

Las notas iniciales comienzan a desdoblarse en el piano. Los acordes se encadenan pausadamente con el ritmo de alguien que va rumiando recuerdos en una tarde nublada. Los rostros de la calle sucumben a los rostros de su memoria. Entre paso y paso, una imagen surge, una alegría perdida remonta el olvido y enseguida se desvanece. El hombre levanta la vista al sentir una gota en la cara. A su lado pasa una madre con su hijo dormido en los brazos. Él los mira sin detenerse y da vuelta en la esquina inmediata. Quiere distraerse con los escaparates cercanos, pero en cada ventana conspira un reflejo de su pasado. El cielo comienza a picar de humedad las paredes y el piso, mientras el viento derriba las mercancías de los tenderos vecinos, agita las faldas de jóvenes desprevenidas, mece letreros, sacude toldos, azota cortinas.

El piano desgrana la melodía sin prisa, adelanta timbres, intercala pausas entre tonos que atraen el fraseo de un violín y la marcha discreta de un violonchelo, acompasando el rumor de la lluvia. Los paraguas se abren. Las luces se encienden diluyendo las sombras que se espesan en los pasillos y negocios. La gente se apresura a vaciar las calles. Corren a protegerse en los techos cercanos o se van cubriendo con lo que llevan en la mano. El hombre se refugia en la entrada de un edificio de oficinas. Su mirada sigue el ajetreo de los que huyen y el andar aterido de quienes se resignan. En la acera de enfrente, la edad demora los pasos de una anciana, pero no los detiene. Avanza a pesar de la violencia del agua. La humedad mortifica sus huesos y cala en sus tendones, pero ella continúa su marcha por los charcos que reflejan la ciudad que alguna vez ostentó sus palacios en un lago. El hombre observa indeciso a la mujer que se aleja por la avenida. Quiere ir tras ella y verla de frente, esperando encontrar un ademán de las manos, un leve temblor en los labios, cierto color en la voz que coincidan con su memoria. El hombre tirita, más por desconcierto que por frío. Adelanta un paso solitario. Consulta la calle, mira el rodar espeso de los autos, observa las contorsiones que dibuja su respiración, sin aventurar el siguiente paso. Al voltear, la mujer se ha perdido en las galerías de la tormenta. Él abandona su refugio y toma cualquier rumbo. Sus pasos no le pertenecen. Camina por plazas vacías, recorre portales donde los peatones se resguardan y las prostitutas se entumecen en silencio, cruza riadas que le anegan los pies. Avanza cada vez más rápido, alargando zancadas que le acortan el aliento, cada vez más rápido, cada vez más absorto.

Las notas se enardecen: el piano forja una danza urgente que inflama el arqueo del violín y aviva las brasas del violonchelo. Los acordes no tardan en perseguirse y elevarse, escalando la cima del compás para llegar al siguiente movimiento. Pronto se suman percusiones que ritman la carrera del hombre por calles desconocidas, hasta que en una esquina se queda sin aire. Quiere seguir a pesar de los calambres que merman sus piernas, del temblor de los brazos, de su espalda exhausta. Su mirada interroga el semáforo y la fila de autos que aguardan. Busca enderezarse y seguir cruzando camellones y rotondas, ignorando los rostros de quienes lo miran resguardados bajo puentes y techos improvisados. Quiere continuar hasta que las calles cobren sentido, que los muros y fachadas respondan a la cartografía de sus primeros años, cuando la mujer que añora trazaba en su memoria mapas transparentes de gestos y palabras. Quiere seguir a pesar de su cuerpo agotado. La luz cambia a verde y los coches empiezan a hormiguear por la calle. La lluvia desdibuja sus siluetas, las ablanda hasta que se pierden de vista, como ensoñaciones que la vigilia condena al olvido. Tras unos minutos, el hombre recobra el aliento y el camino. Las esquinas comienzan a deletrear evocaciones y las aceras a insinuar edificios ausentes, ventanas que reflejaron otros cielos y puertas que sólo abren al pasado. La trama de calles desemboca en un parque. El hombre mira desde una orilla los juegos solitarios, las bancas que gotean, los árboles que mecen sus ramas en la llovizna y los caminos que de niño aprendió a domar en su bicicleta, imponiéndose a los raspones y la gravedad, mientras ella lo esperaba. Ella. Sin la cara dolorosa ni el cuerpo afligido por la enfermedad. Con las manos pródigas en caricias, lisas, hábiles, ajenas a cables y sueros. Ella. Con bromas y canciones en la boca, llamándolo, entibiando su nombre con los labios, en lugar de discutir con los rostros invisibles que visitan su cama de noche. Ella. En sus convulsiones no lo ve salir de la habitación, ensordecida por sus propios estertores no lo escucha bajar las escaleras del hospital y echarse a andar por las calles tan vacías sin ella.

Texto inspirado en «Choros», de Ludovico Einaudi.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s