Paisaje

Por Víctor Uribe

 

Me siento en un costado de la habitación y observo. Las persianas que cuelgan al fondo aran la luz de la mañana, alternando los surcos de sombra y claridad en las paredes y el techo. Las plantas repartidas en la esquina del cuarto beben la luz con urgencia, como para calmar su sed de color y salir de su sueño de raíces negras. Los fornios desenvainan su verdor, la enredadera despierta la savia en sus ramas y la nochebuena aferra sus últimos rojos hasta la próxima temporada. Me acomodo en el cojín sobre el suelo y cruzo las piernas. La gente sentada a mi lado calla. Buscamos silencio, pero la avenida se atraganta con el paso de un camión y las calles vecinas coinciden en los pitidos de un auto que se aleja iracundo. Nadie se mueve.

Enderezo mi espalda y respiro. Observo. A la izquierda de la estancia, una manada de resplandores chapotea en la duela de madera tras colarse por el follaje que se mece al otro lado del ventanal. Los brillos conviven serenamente con los rebaños de reflejos que rumian las sombras en el suelo. A la derecha, el piso esboza la silueta de tres meditadores, como un lago adonde bajan a bañarse las montañas. Nuestros cuerpos forman una cordillera de espaldas y cabezas en las orillas de la habitación. En medio se eleva un altar sencillo. Una estatuilla de madera corona la cima, un par de velas la flanquean y una vara de incienso humea en el centro. Las volutas perfumadas alargan temblorosas espirales y lentamente se desmadejan. El perfume nos sobrevuela. Busca un nido: un remanso de piel, una nariz atenta.

Entrecierro los ojos. Bajo la vista y merodeo las venas de la madera. Recorro los claroscuros de las tablas, las líneas que evocan los caminos que por años siguieron la tierra y la savia al acumular capas. Inhalo. Mi atención se aleja de la rendija de luz que aún ronda mis párpados y a tropezones se acerca a los márgenes de mi respiración. Oigo el rumor del aire desde las riberas de mi conciencia. Me detengo y observo el hervidero de pensamientos que arrastra mi mente, miro la corriente turbia por la que asoman cardúmenes de recuerdos y la espuma de rostros que había olvidado. Avanzo con cautela por la orilla de mi aliento. Afuera, un auto estira las notas de una canción, una ambulancia aúlla su emergencia y, adentro, la corriente de imágenes arrecia. Mi conciencia resbala. Cae en un torrente confuso: comezón, ruido de motores, calor y un fugaz dolor de rodillas. Llega música de una calle vecina y el ritmo de las percusiones se alarga y acorta, se repite, gira y envuelve como el vórtice de una ola que me arrastra al fondo de mi memoria; imperceptiblemente, el golpeteo de la batería asume el frenesí de unos pasos que entran y salen de una habitación de hospital, como acompasando el rumor de los informes que se suceden en boca del grupo de médicos que de pronto cierran la puerta y me impiden ver a mi abuela abrumada por las convulsiones y cuyo cuerpo resistirá un par de noches más, sólo para que la familia reúna suficientes lágrimas y recuerdos para sepultarla. Mis manos se tensan y en mi frente y labios la tristeza traza sus coordenadas. Naufrago en ese dolor, hasta que un quejido vecino y el murmullo de un cuerpo que se acomoda me devuelven a la vigilia. Respiro. Asciendo a los márgenes de mi conciencia y me tiendo en su orilla, hasta que las nubes de la memoria se despejan.

Suena una campana. El tañido recorre los campos de mi mente y, sin palabras, me apura a desentumir el cuerpo y levantarme. Suspiro. Levanto los párpados y el mundo abre los ojos conmigo.

zendowarm

Imagen: Mt. Diablo Zen Group.

 

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